Los testimonios de los sobrevivientes

Los testimonios de los sobrevivientes
2 septiembre, 2014 administrador

Semanario Hebreo. 31 de Enero de 2013.

En esta fecha creí importante hacer sonar algunas voces; prestarles mi propia voz para que hablaran aquí, y para ello entrevisté a tres sobrevivientes de esta peste.

Voy a leer exactamente lo que dijeron.

En primer lugar, me voy a referir a León Poplawsky, que espero se encuentre hoy aquí en la Barra. Él me contó: «Nací en 1936. Yo tenía trece años y vivía con mis padres y mis hermanos en Polonia, en una ciudad de diez mil habitantes».

Estoy hablando de uruguayos, señor Presidente. «Un día fui a llevar un paquete a un polaco que se encontraba en una feria, a llevarle comida, ya que no tenían para comer. Cuando llegué a la ciudad había alambrados que rodeaban y tenían cercados a los judíos. Al principio esos alambrados no estaban electrificados, luego justo ese día que llego a la ciudad los habían electrificado y no había comida por ningún lado. Se nos daba cuatrocientos gramos de pan y cien de margarina por día».

Más adelante nos cuenta: «Mientras estaba en esa situación pensaba que tenía que salir de allí para poder irme a mi casa. Una noche oscura de invierno dije: ‘tengo que escapar’. Lo logré. Marché a la feria que yo iba y le dije a un polaco conocido: ¿me llevás a mi casa? Me dijo que sí y me dio comida. Pude regresar.

Hoy, 23 de enero de 2012″ – fue el día en que conversé con él– «casualmente hace setenta años que nos llevaron a mí y a mi familia de nuestra ciudad a Treblinka. Era enero y hacía mucho frío. Ese 23 de enero los ucranianos rodearon la ciudad y nos dijeron que teníamos que ir a la plaza de la ciudad. Era todo un engaño de los nazis. Yo tenía tres hermanos y mis padres. En la plaza no nos dieron nada, estuvimos todo el día sin comer. En un determinado momento llegaron trineos con caballos y pusieron seis y siete personas en cada uno para así llevar a la gente. Nos llevaban a la estación de ferrocarril. Ya era de noche muy tarde; había un tren. A la gente de diez a veinte años la colocaban en un vagón; a los de veinte a cincuenta en otro, así como a los ancianos en otro. En ese tren hacía mucho frío. En un momento pude dialogar con un polaco de aproximadamente setenta años y le pregunté dónde nos llevaban. Me contestó: ‘A un lugar que se llama Treblinka, a tres kilómetros de Varsovia. Allí los meten en un búnker, les tiran gas, los matan y después los mismos judíos los llevan al crematorio y los queman’. Le voy a estar agradecido siempre a ese señor mayor y siempre le creí. Además, le digo: ‘No tienes algo para comer, que tengo hambre, y además tengo a mis padres y a mis hermanas (ya que mi hermano se escapó antes). Me dio pan y enseguida les conté a mis padres y a mis hermanas lo que me había dicho ese polaco. Mis padres lo primero que nos dijeron a mí y a mis hermanas fue: ‘Escápense ustedes, nosotros estamos viejos’.

Les dije a mis hermanas que teníamos que escapar y ellas no querían». A continuación, León Poplawsky cuenta que se escaparon por una ventanilla con rejas de uno de los vagones y aclara que sus hermanas se lastimaron al saltar del tren. Agrega: «Y yo quedé con una hernia que me operarían más tarde en París.

A los jóvenes les diría que hay que tener estudio, energía, y trabajar. Hay que tener fe y tratar de ser justo. Hay que luchar por la justicia y por la democracia.»

Este fue el testimonio de León Poplawsky. El otro testimonio que voy a leer es el de Alejandro Landman. Él me dijo: «Soy el Ingeniero Alejandro Landman, nací el 26 de julio de 1933 en Polonia (Galicia, parte oriental, tercera ciudad importante de la región en ese momento, ya que ahora es Ucrania; cambió de nombre ya que allá los territorios son de alta rotatividad).

Cuando estalló la guerra yo tenía seis años. Llegué a Uruguay en julio de 1948,cuando tenía quince años. En marzo de 1959 me recibí de Ingeniero Civil aquí, en Uruguay, en la Universidad de la República.

Respecto al Holocausto, evidentemente yo era muy chico: solo tenía seis años. Primero entraron los rusos, como usted sabe, y en fin, hubo grandes cambios con respecto a la estructura socioeconómica. Cuando comenzó la guerra entre Rusia y Alemania en 1941, entraron los alemanes. Fue un día del que no me olvido, porque fue un 26 de julio, día de mi cumpleaños; y mire que entraron los rusos de vuelta (se fueron los alemanes), tres años después, también un 26 de julio; esas son coincidencias que uno no se las explica.

En cuanto a lo que era la vida de los judíos y de muchos pueblos que se encontraban bajo la ocupación alemana, vamos a hablar sobre generalidades y no sobre los casos particulares; cada uno tiene su caso particular, sus vivencias, unas más o menos bravas que otras para distinta gente. Yo creo personalmente que el Holocausto es un evento único en la historia de la humanidad. Nosotros sabemos perfectamente bien que el hombre es el único animal que mata a sus iguales, por el solo placer de matar; los demás animales matan por comer, por celos o por otros motivos, pero ningún perro mata a otro por diversión y así sucesivamente. Solamente los humanos entre sí.

Hubo muchos casos de asesinatos colectivos en la historia; eso ya lo sabemos, pero en general eran casos puntuales, o sea, un jefe, un general medio analfabeto tomaba la ciudad y mataba a todos sus habitantes. Eso pasaba durante toda la historia y nosotros los judíos somos mallas de oro en esos acontecimientos.

Pero el Holocausto es una cosa totalmente prelógica, digamos, no tiene lógica ninguna; por eso es muy difícil de explicar, por eso resulta a veces fácil negarlo, porque es una cosa que la gente no entiende. Más fácil es decir que cuando hay una cosa que no entiendo, la niego. No fue un acontecimiento puntual como puede ser tomar una ciudad y matar a todos sus habitantes.

Fue una cosa organizada por un Estado. Fue la política de un Estado con el apoyo del Estado en todos sus aspectos: militar, tecnológico, logístico, financiero; todo eso fue organizado por un Estado civilizado, el más civilizado de Europa, por lo menos; todo para eliminar un grupo humano.

En cuanto al surgimiento del nazismo, las razones, usted sabe mejor que yo, las mismas fueron políticas, económicas, desempleo, la primera Guerra Mundial, la situación económica de Alemania; todo eso provocó el surgimiento del nazismo, que fue apoyado por muchos, incluidos judíos, porque parecía un freno contra el comunismo. Y bueno, el resultado fue manija, manija, manija, y los judíos servimos como un elemento para descargar todas las frustraciones que tenía todo ese pueblo luego de haber perdido la guerra. Eso es, digamos, una cosa genérica de qué es lo que pasó. ¿El resultado? Todos sabemos: seis millones de víctimas. ¿A qué se debió? Por un lado, los alemanes, pero ahí no hay inocentes. Hace poco salió en los diarios que de los judíos franceses –setenta y pico de miles– que fueron deportados, ninguno fue detenido por los alemanes.

Todos fueron detenidos por la policía francesa colaboradora. Y esto pasaba, ni hablar, en nuestra historia de Europa oriental cuando sucedía en Ucrania, Polonia, etc. Lamentablemente, setenta años después se ven cosas similares, o sea, no cambió mucho.

No se llama antisemitismo, se llama antirrealismo o como a usted le guste llamar. Es el mismo perro con diferente collar.

En Polonia, cuando entraron los alemanes a la ciudad de Jedwabne, los polacos mismos agarraron a mil seiscientos judíos de esa ciudad, los metieron en la sinagoga y los quemaron vivos. Ahora les hicieron un monumento a esas víctimas y el Alcalde actual de esa ciudad en Polonia democrática no concurrió a dicho evento. Con eso está todo dicho.

En cambio, en Lituania, un grupo de guerrilleros judíos entraron en una aldea y mataron a cuarenta nazis lituanos y ahora les hicieron un monumento a esos nazis. Así es que vemos cómo, lamentablemente, las cosas bajo otro nombre, bajo otro disfraz, se repiten.

Así: ¿qué es lo que debemos hacer nosotros? ¿Cuál es nuestro objetivo? El objetivo es transmitir todo eso que estoy diciendo a grandes rasgos y en pocos minutos a las generaciones que vienen para que esto no se repita, pero las generaciones que vienen no lo entienden.

Así que, por un lado, a nuestra propia colectividad: sabemos que todo pueblo que olvida su pasado corre el riesgo de repetirlo. Y, por otro lado, a la gente en general: hay un día del Holocausto que se conmemora una vez al año, habla el Senador Rosadilla, y bueno, sale en los diarios y con eso se termina el tema. No; el tema es que la gente entienda y se interese, que ya le dije que no es tan fácil entender que la gente mata gente impunemente; nadie puede entenderlo y, sin embargo, así fue, por más que parezca una historia de ciencia ficción. Pero no; fue real: nosotros los judíos no teníamos ningún derecho –al que mataba judíos no le pasaba nada–, menos derechos que los perros, ya que los mismos cuando se les agrede hay una sociedad protectora. Y hoy en día –y eso es lo más triste de todo– vemos que, aparte de negar el Holocausto, hablan de otro Holocausto y las Naciones del mundo callan. Sabemos que el que calla otorga. Cuando Hitler subió al poder y comenzó con sus acciones nadie le daba bolilla, decían que era un loco haciendo propaganda para las elecciones.

Hoy en día vemos muchos casos que pasan; en la ONU y otras dependencias hablan de la destrucción de Israel y de todas esas cosas justificándose en la libertad de palabra. Y sí, hay libertad de palabra, pero hasta cierto punto. Yo, por más que le diga que lo voy a matar, usted me va a decir: espera; o va a hacer la denuncia: mire, este señor me quiere matar; por lo menos la hace.

Lamentablemente, hoy en día nos encontramos con un mundo que se olvidó, que no toma en cuenta ni sabe. Por eso, todo lo que se haga, todo lo que se hable, todo lo que se publique, tiene su importancia».

Voy a utilizar los últimos cuatro minutos del tiempo de que dispongo para mencionar un testimonio que no me gustaría que quedara fuera de la versión taquigráfica de esta sesión. Silvio Packer nos dice: «Nací en 1925 en la ciudad de Nassan, dentro de Transylvania. Dicha ciudad en 1939 fue copada por los húngaros y cedida a ellos que eran aliados de los alemanes.

A partir de allí comenzó la discriminación hacia nosotros. En 1941 a los judíos nos prohibieron todo tipo de acceso, por eso aprendí mi oficio de sastre. Estuve en varios campos de exterminio. Mi número en el campo de Auschwitz era el 71.950; ropa rayada, solo una camisa y un pantalón, nada de ropa interior. En 1942 nos obligaron a usar un brazalete amarillo y una insignia para identificarnos cuando salíamos a la calle, y solamente de día, ya que de noche no podíamos salir de nuestra casa. Nos encontrábamos sin saber lo que pasaba del otro lado del mundo.

En 1944 –nadie nos preguntó nada– nuestro pueblo, de cien familias con un promedio de seis hijos cada una, se encontraba bajo el dominio húngaro.

Nos llevaron a un lugar llamado ‘Barracas de madera’, con un frío atroz, aproximadamente por el mes de abril. Los húngaros nos decían simplemente que nos iban a llevar a un lugar a trabajar.Ellos mismos, con su ejército, nos trasladaron en un tren como si fuéramos ganado. Había más o menos cincuenta personas por vagón. Tenía dicho vagón un borde para hacer necesidades.

Recuerdo que había gente anciana y enferma. Cada cinco o seis horas nos daban agua fresca. En el campo se encontraban los alemanes que expresaban: ‘bájenlos rápido’. Yo tenía dieciocho años. A los que pudieron llevarse se los llevaron a un crematorio. No vi nunca más a mi mamá ni a mi hermana. Es más, quien decía que tenía menos de dieciséis, iba directo al crematorio. De los que se llevaban de las filas, los dirigieron como para ir al baño. Al abrir la canilla, en vez de salir agua, salía gas que los exterminaba. Cuando llegamos al campo y empecé a observar, lo primero que pensé es que era una fábrica porque había muchos galpones. Lo primero que hicieron fue cortarnos el pelo bien cortito, nos dieron un traje rayado, una camisa y zuecos. Cuando se vino la tardecita comenzó el régimen’ en Auschwitz.

Nos daban un litro de café para diez personas y apenas unos pancitos por día. Estuvimos aproximadamente un mes en dicho campo de exterminio para luego volver a viajar como ganado y llegar a otro campo de exterminio llamado Mathausen. Allí estuvimos diez días.

Luego nos trasladaron a Gusen, donde estuve un año y medio. Acá sí comenzó el trabajo. Había cuchetas para muchas personas. Nos despertaban a las cinco de la mañana, nunca había agua caliente para bañarse, nos daban un litro de café por día. Allí nos cargaron nuevamente; nos introdujeron en un túnel por debajo de las montañas. En realidad, era una fábrica alemana de aviones de combate.

El trabajo que me tocó a mí era de cargar bolsas de cemento cuando las transportaban de los aviones. Esas bolsas pesaban cincuenta kilos cada una, y eran once horas diarias. Me estaba muriendo. Si alguno no volvía de la jornada de trabajo era porque había muerto. La cena era un trozo de pan para cada uno, ya que había que repartir entre varias personas. Cuando llegó el invierno de octubre nos cambiaron esa ropa rayada por la misma, un poco más gruesa.

A fines de febrero de 1945 nos cargaron de vuelta en un tren como ganado y nos llevaron de nuevo a Mathausen. Estuvimos solamente unos días. En el campo no había solamente judíos, también polacos, y españoles que mandaba Franco.

Luego de estar todo el mes de abril en Mathausen nos dijeron que íbamos a otro campo, solo que esta vez caminando. Calculo que éramos como veinte mil personas en esa marcha, que llamé ‘la marcha de la muerte’. Los que sobrevivimos llegamos al campo llamado Gunzkircher. Ya no había ni camas y la comida era casi nada. Llegó el 5 de mayo de 1945 y vemos que los alemanes ya no están.

Comenzamos a oír a los americanos diciendo ‘son libres’.

Llegué a pesar treinta y cinco kilos. Me cargaron en un camión con varios más y nos llevaron a un sanatorio de la ciudad de Belz. Los americanos nos trataron muy bien. Como yo tenía veinte años aguanté, si bien me costó recuperarme. Decidí que quería volver a mi pueblo a ver qué había quedado. Me dieron ropa, dinero y traté de llegar a Viena y luego a Budapest. Cuando llego a casa de mis familiares mi tía me dice que mi tío había sido herido en la guerra pero que se iba a recuperar. También estuve allí internado, ya que padecí tifus. Luego de reponerme le dije a mi tía que quería regresar a mi pueblo. Recuerdo que la calle de mi casa era Georgecasbuk, número cinco.

Cuando llego, sale el vecino que vivía al fondo de mi casa y me dice: ‘estoy viendo alucinaciones…dijeron que los mataron a todos’. Él cuidó de mi casa. En mi pueblo de cuatrocientos habitantes quedamos cuatro. Me quedé un tiempo a ver si volvía alguien más. Alguno vino. Marché a Budapest nuevamente. Mi meta era llegar a Israel, pero era imposible. Estuve en Viena, luego en Roma, hasta que decidí irme a Francia, ya que tenía el oficio de sastre y podía trabajar.

Como era todo clandestino, todavía tenía que pasar la frontera de Italia a Francia. Así me pude instalar en Francia, ya que mi oficio era muy buscado, como pan caliente; nadie tenía ropa.

En 1952 llegué a Argentina con el capital que había hecho con mi trabajo. Me vine a Uruguay, formé mi familia y así continué mi vida. A veces me despierto de noche y pienso: ‘¡¿Cómo pudo haber pasado todo esto?! Era como una empresa para matar gente’.»

Y era como una empresa de matar gente; ¡que no se abra ninguna otra, señor Presidente!

Muchas gracias.

(Aplausos en la Sala y en la Barra)

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